CRÓNICAS DEL DÍA A DÍA / EL JAM, EL VAV, EL DAM: CONTAR Y RECORDAR LAS SIGLAS (VIVAS)

Esta crónica tiene un problema inicial, al parecer insoluble: la cantidad notable de elementos, datos recuerdos, ideas, anécdotas que la evocación de los monosÍlabos enunciados puede traerme ahora, noche calurosa de este abril, aquí en el este de La Habana.

 

Es decir, no todo quedará dicho. Pero ¿alguna vez (en esta crónica, en esta vida) es posible decirlo todo?

 

Vayamos entonces, como el viejo amigo Jack El destripador, por partes.

 

Y centremos el primer segmento de esta crónica del día a día que se escribe –tómese nota de las contradicciones temporales– de noche, en la desclasificación de los monosílabos que son –ya los/las más sagaces lo habrán descubierto– siglas. Siglas que no tienen un siglo aunque al menos una vaya en camino hacia la media rueda temporal.

 

El JAM corresponde a Jóvenes Amigos del Ministro y nació cuando el fundador del Ministerio de Cultura, compañero Armando Hart, invitó a un pequeño grupo de escritores y cineastas a dialogar sobre los temas de la cultura y de la realidad cubana, probablemente en busca de un proceso de intercambio que resultara útil en su importante y necesaria labor de restablecer la confianza de creadores y creadoras en las instituciones de la cultura, tomadas, a punta de oportunismo y mediocridad, durante el después llamado quinquenio gris (1971-1976).

 

Ese último año ocurrió, como sabemos, la creación del Ministerio de Cultura y el comienzo del desmantelamiento de la anterior estructura (anti)cultural que había intentado imponer recetas foráneas y empobrecedoras a la libre creación artística y cometido otras violaciones diseñadas, al parecer, a la altura de sus prepotentes aplicadores. Todavía, décadas después y a pesar de la excelente labor del compañero Hart para restañar heridas sensibles y establecer la confianza en lugar de la exclusión (por diversos motivos) que habían prevalecido en el quinquenio de marras, salta alguna liebre alegremente intolerante en el panorama actual de la cultura cubana (o, más frecuentemente, en estos tiempos, en los sectores vinculados al control de los medios de comunicación).

 

La continuidad de aquella gestión espiritual (y prácticamente) sanadora iniciada por el recién fundado Ministerio de Cultura se produjo, entonces, también en la UNEAC, con la presidencia del narrador Abel Prieto, que la continuaría después, durante quince años, a lo largo de su primera gestión ministerial. Y la mantiene hoy en su come back a la dirección del Ministerio, en tiempos más difíciles en muchos sentidos. El agradecimiento a ambos (el maestro Hart y el discípulo-ya-también-maestro Abel) es compartido, según me parece, por la mayoría de los creadores y creadoras de entonces y de nuestros días.

 

La segunda sigla, el VAV –denominación también creada por algunos de los participantes, como en el caso del JAM– se traduce, en esta crónica desclasificadora, como Viejos Amigos del Viceministro. El Viceministro, en las estructuras de entonces, era el Presidente del ICAIC, Alfredo Guevara, maestro de cineastas, de coraje, de lucidez y de muchas cosas más, a quien la cultura (y, con ella, la Revolución) cubana debe aún mucho más de lo mucho que le ha –que le hemos– reconocido.

 

Creo que el VAV tenía también esa vocación de intercambio, de enseñar-aprendiendo y de aprender-enseñando, que tanta falta hace hoy en los nuevos tiempos que comienzan a vivirse, que ya se viven: y no me refiero ahora, específicamente, al terreno de la cultura, sino al amplísimo panorama de la sociedad, del país y sus instituciones y estilos de gobierno que necesitan urgentemente la aplicación de métodos anticorrosivos: es decir, para ablandar, desentumir, volver a hacer ágiles las bisagras y coyunturas dirección-pueblo, política-gente que caracterizó aquellos años de gloria a los que no podrá regresarse mecánica, ilusamente, pero de donde debemos rescatar estilos, espíritus, acciones audaces, revolucionarias. Sí, revolucionarias de estos tiempos.

 

El VAV fue entonces un modesto experimento –hijo, creo yo, de la imaginación intrépida de Alfredo– para aprovechar (en el mejor sentido del término) el talento, los aciertos (también sacar experiecias de los desaciertos) de aquel pequeño grupo de “viejos” amigos del viceministro que nos nucleábamos en el ICAIC, bajo la dirección de su Presidente y de su política cultural firme y creadora, en medio de aquellos tiempos borrascosos y quinquenales. En el VAV estuvimos los jóvenes cineastas de entonces, que ya venían navegando, a veces contra viento y marea, en el barco del ICAIC (fundado por la primera ley revolucionaria, en 1959), al que nos unimos algunos rescatados por Alfredo, por el ICAIC, de las inquisitivas acciones del kinkenio, y el formidable conjunto de creadores musicales que conformaron el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, donde aprendieron el abecé  de la música escrita los geniales fundadores de la nueva trova cubana, como entonces comenzó a conocérseles.

 

La paternidad (y los hipotéticos/imposibles derechos de autor) por ambas siglas, JAM y VAV, habría que repartirlos entre los que, felizmente, participamos de sendos experimentos. Alguno se habrá adjudicado años después esa paternidad –según me han comentado–, pero eso no importa. Para lograr un consenso seguramente seguro (en esta época en que los consensos se van volviendo cada vez más necesarios), propongo en esta crónica el día a día otorgársela a Wichy Nogueras, al Rojo, porque es imposible que no haya puesto una sílaba, un adjetivo (¡el nombre completo!) en esos apelativos utilizado en esta crónica que ya pasa a la tercera sigla de su título: el DAM.

El DAM es más reciente: es actual. Este al que me refiero tiene 48, 72 horas de haber sucedido. Y lo llamo así (sin aspiraciones paternales ni ambición por derechos de ningún tipo) el DAM, con la propuesta desclasificatoria Diversos amigos del ministro.

 

En este caso se trató de la invitación realizada por Abel Prieto a un grupo de artistas (diverso, de ahí la D de DAM) para acompañarlo, en un poderoso vehículo interprovincial, que demoró 14 alegres horas para arribar a la clausura de la Feria del Libro en el Complejo Cultural José María Heredia de la ciudad de Santiago de Cuba. Allí se realizaría, el 15 de abril, el homenaje al Legado de Fidel a la cultura cubana y el emocionante reconocimiento a la obra de Armando Hart Dávalos, aquel que fundó, en un momento quizás decisivo, el Ministerio de Cultura de Cuba, pero más allá (y más acá) de eso, un dirigente histórico de la Revolución Cubana y un pensador de raiz martiana acerca de los problemas actuales de Cuba y del mundo.

 

Y también ibamos –y ese era, en particular, mi caso y el del Juan Padrón y parte de su familia, Berta y David– a la primera presentación del libro de historietas Elpidio Valdés. Los inicios, publicado por las Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. Además de los valores artísticos, humanos, de conocimiento, de alegría –tomar nota del término, por favor– que el libro posee, sería posible añadir que se hizo en un tiempo que no sé si clasifica para record (ni el cacareado Guinnes, ni ningún otro), pero seguramente alcanza un relevante average, aplicando el cercano término beisbolero.

Sí, porque este libro de Padroncito –como es posible y hasta debe llamársele–, nació en una conversación en La Cabaña, el último día de la Feria en La Habana, con Abel Prieto y varias gentes del Instituto Cubano del Libro. Es decir, se hizo realidad en las manos de las niñas y los niños que asistieron al espacio Tesoro de Papel en el Heredia de Santiago un mes y pico después de la conversación sobre la necesidad de hacer un homenaje al padre de Elpidio Valdés en ese evento, precisamente con un libro que tuviera como protagonista a su hijo predilecto. A este sueño relámpago nos incorporamos inmediatamente casi toda la pequeña tropa del pequeño ejército loco del Centro Pablo (María Santucho, Isamary Aldama, Leonardo Depestre, Jesús García, Nadia Ocaña) a quienes se unió el diseñador Ramón Castellanos y prestó el apoyo logístico para la impresión el laborioso y tenaz Juanito Rodríguez, presidente del ICL.

 

Pero a esta altura de la crónica, volvamos, siquiera brevemente, al DAM. No sé si forman parte de una práctica regular de Abel estas convocatorias sobre ruedas para asistir a eventos de la cultura, acompañado de representantes de varias forma de expresión artística. Como no lo sé, me atengo a esta experiencia vivida tan recientemente, y me alegra hacerlo ahora que el calor de la Habana del Este ha descendido un poco con el avance de la noche habanera.

 

Y resalto la d de ese DAM porque allí, en el frío irreductible del ómnibus interprovincial, había –éramos– representantes de distintos géneros artísticos: plástica, actuación, escritura, cine, fotografía, funcionarios-activistas… Y, de alguna manera, también presentábamos, gracias a dios, diversas maneras de mirar la realidad circundante, con matices propios, énfasis particulares, muchos/muchas con esa capacidad cada vez más necesaria de analizar los entornos –mundiales, locales– con cabeza propia.

 

Creo que Abel se propuso contribuir a que los participantes tuviéramos contacto directo con realidades que en la capital en que vivimos suceden, desgraciadamente, de otra manera. Así me/nos sucedió con la higiene, al organización, el trato en los servicios, la belleza (sí, la belleza) de esa ciudad que ha recibido varios adjetivos justos y ejemplares a lo largo de su azarosa y larga existencia. Pero, por suerte, no recibimos la información que nos permitió estas conclusiones muy positivas –rápidas, es cierto– a través de alguna farragosa explicación –que nos da la impresión de haberla escuchado decenas, cientos, miles de veces– sino en los recorridos por el entorno nocturno del centro de la ciudad en una noche sabatina, en la música inmortal de la trova –la vieja, la nueva, “que nos es lo mismo pero es igual”, en la visita a proyectos culturales que, con los mismos modestos recursos materiales disponibles en otras partes, hacen una labor muy útil para la comunidad y para sus propios integrantes.

En los breves intercambios con otras gentes del DAM, entre locación y locación, siempre en el inexplicable ambiente gélido del vehículo, surgieron charlas y opiniones que posiblemente otras gentes incluirán ahora en sus artículos o crónicas o, al menos, en las conversaciones con familiares y amigos/as aquí, en la capital. Más allá del dato aparentemente intrascendente –pero imposible, aquí en la capital– de disfrutar unos ostiones mientras bajábamos por Enramadas, viendo tiendas abiertas, luces ­–¡luces, señor!–, trayectos limpios, me quedo, para resumir, con esta anécdota rápida. Mientras nos atravesábamos un parque en la noche santiaguera, donde abejeaba la gente al ritmo de la música propia, varias niñas y varios niños interceptaron el paso del secretario provincial del Partido –Expósito, Lazarito para sus amigos cercanos– y lo rodearon con abrazos, risas y cariños. Uno de los integrantes del DAM, en mi caso hermano querido además, me dijo en medio de la algarabía: “Si esto no es una puesta en escena, aquí están pasando cosas muy importantes”.

 

Así sea, hermano querido.

 

Como dije allá arriba, al inicio, “esta crónica tiene un problema inicial, al parecer insoluble: la cantidad notable de elementos, datos recuerdos, ideas, anécdotas…”

 

Y es cierto. Quedan más, quedan muchos, incluso seguramente más importantes: cuando visitamos o revisitamos la memoria en el cementerio de Santa Ifigenia, en el complejo de museos del Segundo Frente, en la obra personal (y social) que artistas como Alberto Lescay continúan construyendo en esta ciudad, asombrosa en tantos sentidos (recordar un momento, “aunque no esté de moda”, al maestro Navarro Luna).

 

El recorrido por las siglas (vivas) del título nos llevan, nos traen a ese párrafo semi-final. Semi, porque no es el último.