PABLO Y JUAN, AMISTAD Y ADMIRACIÓN RECÍPROCAS

Bastante se ha escrito y se conoce acerca de la manifestación del 30 de septiembre de 1930 en que el estudiantado enfrentó a las fuerzas represivas del dictador Gerardo Machado. De resultas de aquella histórica jornada, murió el estudiante de Derecho Rafael Trejo, quedó herido el obrero Isidro Figueroa y recibió una herida en la cabeza Pablo de la Torriente Brau.

Lo que no se conoce tanto es que el ya graduado doctor en Derecho Civil y en Derecho Público, además de Alumno Eminente de la Facultad de Derecho, Juan Marinello Vidaurreta, de 31 años a la sazón, fue procesado como incitador de la manifestación y por tal motivo permaneció dos semanas encarcelado en el Castillo del Príncipe.

Mas no es esa la única ocasión en que las vidas de Pablo de la Torriente Brau y Juan Marinello confluyen dentro de un contexto revolucionario. También sucede en el Presidio Modelo de la Isla de Pinos, donde la relación entre uno y otro se afianza sobre la base de la admiración recíproca. De allí, Marinello lo recuerda:

Se exaltaba leyendo sucesos de la Revolución francesa en una vieja edición maltrecha; pero el hombre mejor era el de las nueve de la noche. A esa hora las cornetas tocaban silencio y Pablo se sentaba en su cama, frente a la mía, a beber lentamente un enorme vaso de agua con azúcar prieta. Entre un sorbo y el otro venía el comentario sobrio y agudo, la lúcida apreciación política, el juicio meditado sobre una obra o un hombre. En todo ponía la más delicada responsabilidad. Los ojos, grandes, negros y brillantes, hablaban tanto como la boca, un poco triste bajo la pelambre copiosa. El meditador sagacísimo suplantaba por horas al mozo audaz. A la mañana, de nuevo la risa sana y la alegría a punto.

En su estilo jaranero, y con la confianza que la amistad y el cariño le autorizan, desde Presidio, Pablo le lanza bromas al amigo en carta del 12 de noviembre de 1932:

¿Recuerdas aquellas épicas tardes de la Academia del Profesor Heriberto? ¿Recuerdas aquel escalofriante triunfo tuyo la tarde en que pudiste [elevarte] sobre la reja de entrada? Supongo que habrás intentado ofrecer a tus familiares el espectáculo de tan espeluznante “suerte”, pero sin duda los años habrán caído sobre ti, y un régimen impropio a base de “¡jamás harina!” habrá cubierto de una traidora grasa tu formidable musculatura. Aquí los envidiosos de mi fama como profesor de cultura física siguen manteniendo que si llegas a continuar bajo mi férrea férula, pues te agostas. Yo me defiendo enérgicamente afirmando, con pruebas irrecusables, que tu incipiente decadencia era debida a la aplastante lectura de ese rival de Rocambole que suelen llamar El Capital, a pesar de estar dedicado a todos los miserables del mundo. Y que nadie podrá negarme que llegabas abrumado y te tirabas en la cama que parecías un alga marina desflecada arrojada a la playa por la tempestad…

La amistad con Marinello se extiende a la esposa de este, Josefa Pepilla Vidaurreta, quien le escribe expresándole su solidaridad espiritual y material con el envío de periódicos y revistas a la prisión.

Además de la correspondencia cruzada entre Pablo y Juan, está la presencia del recuerdo de Marinello (Juan o Juanillo, en ocasiones) en varias de las cartas de Pablo. Recados, saludos, expresiones de cariño y de admiración, pero sobre todo de confianza absoluta en su conducta, afloran en la abundante papelería de Pablo en referencia a Marinello, cuya cultura superior y honestidad revolucionaria Pablo siempre le reconoce, además de sus coincidencias en pareceres e ideología.

La vida de Pablo se truncó temprana y heroicamente, a los 35 años. La de Juan Marinello se extendió hasta 1977. Compañero de Rubén Martínez Villena y de Julio Antonio Mella, uno de los firmantes de la Protesta de los Trece, miembro fundador del Grupo Minorista, editor de la Revista de Avance, opositor del régimen de Machado, compañero del presidio político, militante comunista…esta fue solo la parte de la rica historia de Juan Marinello que Pablo, por razones de su caída en Majadahonda en 1936, pudo conocer de Juan, cuya vida de servicio a la vida pública, a la política, la cultura, la diplomacia y la educación cubana se extendió después.

No obstante, la impronta de Pablo lo acompañó siempre, al punto que Marinello lo calificó como “el ejemplar dichoso y pleno de ciudadano, de revolucionario y de creador que anunciaba su fuerte juventud, punzante de raros valores”.