EL CAFÉ VISTA ALEGRE, EL PATIO DE LAS YAGRUMAS Y LOS ENTRESIJOS DE LA MEMORIA

Meses atrás el Centro Pablo publicó el libro Café Vista Alegre, de la investigadora y periodista Dulcila Cañizares.  Es un texto que nos remonta casi un siglo atrás y exhuma la memoria de unos cuantos trovadores olvidados.  Lo hojeé, lo leí,  escribí un  comentario que se publicó, pero el café Vista Alegre seguía en mi mente, como una partida inconclusa de ajedrez, merecedora de un mejor final. Se resistía a unas tablas, quería algo más.  Y entonces, por eso que llaman asociaciones (bueno, creo que le llaman así), descubrí lo que me estaba sucediendo: el café Vista Alegre me estaba recordando el Patio de las Yagrumas, en los bajos del Centro Pablo.

 

Me explico. Por aquel, por el Vista Alegre, pasaron la gran mayoría (no hace falta citar nombres) de los trovadores que hicieron la música de entonces que, por su calidad, es también la de ahora y siempre, aunque se la escuche menos.  Por el otro, por este, han pasado también la casi totalidad (tampoco aquí hacen falta los nombres) de los hacedores de la trova actual, es más, varios de ellos dieron el concierto primigenio a la sombra  a veces escasa de sus tres yagrumas, hoy reducidas a dos. Y el paralelismo continúa, pues señala Dulcila el excelente ambiente que en el Vista  Alegre se reunía, sin necesidad de bebidas ni escándalos, ni pesadeces de los tomadores. Y en eso también el Patio de las yagrumas se le iguala: pese a tratarse de un patio abierto al cual todos estamos invitados, a él se acercan solo quienes disfrutan el momento de la música y la sensación del diálogo íntimo entre el trovador y cada uno de los concurrentes.

 

Aunque hoy el café Vista Alegre es un espacio intangible de la música trovadoresca cubana, es patrimonio de esta, del recuerdo y de la memoria. Con el Patio de las yagrumas, por fortuna no sucede igual. Está ahí, donde siempre, en el número 63 de la calle Muralla, y transita por sus tres lustros de conciertos A guitarra limpia, a trova limpia, a tenacidad limpia de quienes lo hacen realidad en el Centro Pablo

 

Cuánto más vivirá el Patio de las yagrumas es del todo impredecible… y además, no quiero que los amigos me vayan a tildar de trágico ni agorero. Si por mí fuera, si por muchos de nosotros fuera, que viva por siempre. Y si no, pues como dice la sentencia latina, finis coronat opus, entonces, que siga viviendo en la memoria, que sí es inmortal. Al igual que el café Vista Alegre, o mejor aún, con un poco más de salud.

Meses atrás el Centro Pablo publicó el libro Café Vista Alegre, de la investigadora y periodista Dulcila Cañizares.  Es un texto que nos remonta casi un siglo atrás y exhuma la memoria de unos cuantos trovadores olvidados.  Lo hojeé, lo leí,  escribí un  comentario que se publicó, pero el café Vista Alegre seguía en mi mente, como una partida inconclusa de ajedrez, merecedora de un mejor final. Se resistía a unas tablas, quería algo más.  Y entonces, por eso que llaman asociaciones (bueno, creo que le llaman así), descubrí lo que me estaba sucediendo: el café Vista Alegre me estaba recordando el Patio de las Yagrumas, en los bajos del Centro Pablo.

 

Me explico. Por aquel, por el Vista Alegre, pasaron la gran mayoría (no hace falta citar nombres) de los trovadores que hicieron la música de entonces que, por su calidad, es también la de ahora y siempre, aunque se la escuche menos.  Por el otro, por este, han pasado también la casi totalidad (tampoco aquí hacen falta los nombres) de los hacedores de la trova actual, es más, varios de ellos dieron el concierto primigenio a la sombra  a veces escasa de sus tres yagrumas, hoy reducidas a dos. Y el paralelismo continúa, pues señala Dulcila el excelente ambiente que en el Vista  Alegre se reunía, sin necesidad de bebidas ni escándalos, ni pesadeces de los tomadores. Y en eso también el Patio de las yagrumas se le iguala: pese a tratarse de un patio abierto al cual todos estamos invitados, a él se acercan solo quienes disfrutan el momento de la música y la sensación del diálogo íntimo entre el trovador y cada uno de los concurrentes.

 

Aunque hoy el café Vista Alegre es un espacio intangible de la música trovadoresca cubana, es patrimonio de esta, del recuerdo y de la memoria. Con el Patio de las yagrumas, por fortuna no sucede igual. Está ahí, donde siempre, en el número 63 de la calle Muralla, y transita por sus tres lustros de conciertos A guitarra limpia, a trova limpia, a tenacidad limpia de quienes lo hacen realidad en el Centro Pablo

 

Cuánto más vivirá el Patio de las yagrumas es del todo impredecible… y además, no quiero que los amigos me vayan a tildar de trágico ni agorero. Si por mí fuera, si por muchos de nosotros fuera, que viva por siempre. Y si no, pues como dice la sentencia latina, finis coronat opus, entonces, que siga viviendo en la memoria, que sí es inmortal. Al igual que el café Vista Alegre, o mejor aún, con un poco más de salud.