MANUEL OCTAVIO GÓMEZ, EL GRAN OLVIDADO EN LA HISTORIA DEL NUEVO CINE CUBANO

Basta leer los testimonios reunidos en este libro de numerosos colaboradores del cineasta Manuel Octavio Gómez (1934-1988), así como las opiniones de críticos y escritores, para coincidir con todos en que es el gran olvidado en la historia del nuevo cine cubano. Fue de los miembros del Cine Club Visión que se incorporaron de inmediato al naciente ICAIC como respuesta a un llamado de Alfredo Guevara. En ese año parteaguas de 1959, antes de integrar su núcleo fundacional, primero formó parte de la Sección de Cine de la Dirección de Cultural del Ejército Rebelde junto a Tomás Gutiérrez Alea, su compañero de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, con quien se estrenó como asistente de dirección en su opera prima: Historias de la Revolución, y no tardó en sumarse al equipo de críticos de la naciente revista Cine Cubano.

La obra de Manuel Octavio está marcada desde el inicio por la pluralidad temática, las búsquedas formales y su comprensión dialéctica de la cultura popular. Se formó como director sobre la marcha con la pretensión de expresarse a través del cine sin olvidar su condición de espectáculo. Su filmografía la conforman siete cortos documentales e integró el equipo de diecinueve realizadores del largometraje La sexta parte del mundo (1977). Sus primeros documentales didácticos no anticipaban el temprano aporte de Historia de una batalla (1962). En su valiosa y nostálgica evocación Cuentos del Alhambra (1963), registró en celuloide las vivencias de la aún vivaracha Amalia Sorg, «la bella del Alhambra», quien le tiraba los tejos detrás de las cámaras.

Su trayectoria en el cine de ficción abarcaría hasta 1987 el corto El encuentro, concebido originalmente para el filme colectivo Un poco más de azul, y una decena de largometrajes. Dos fueron adaptados de obras teatrales —Tulipa y Patakín (¡quiere decir fábula!)—, otros de la literatura (Latierra y el cielo, El señor presidente y Gallego) y cuatro partieron de argumentos originales (La salación, Ustedes tienen la palabra y Una mujer, un hombre, una ciudad…). Sus resultados difieren de aquellos en que reelaboró con una irrefrenable imaginación, libertad y originalidad la historia: La primera carga al machete (1969) y Los días del agua(1971).

La plena madurez alcanzada en ese díptico por su deslumbrante modernidad para acercarse a episodios y personajes de la historia y el progresivo declive en su trayectoria posterior, tornan capital la contribución del célebre fotógrafo Jorge Herrera (1927-1981)para imprimirle, cámara en mano, una pátina de documento antiguo al primero, un no menos audaz tratamiento expresivo del color que alguien definió como «delirio glauberiano». Sin embargo, algunos olvidaron ya el impacto de estas obras emblemáticas del cine cubano, clásicos del cine iberoamericano, cegados quizás por obras recientes con mayor derroche de pretenciosidad que de trascendencia. En Tulipa, ese excelente filme a redescubrir con una mirada desprejuiciada, y sobre todo en Los días del agua, se advierte otro elemento decisivo en el nivel de logros de algunas películas de Manuel Octavio: el vigor interpretativo de su esposa, musa y actriz fetiche, Idalia Anreus (1932-1998), pletórica de una fuerza telúrica.

Manuel Octavio Gómez declaró en 1969 —año de Nuevitas, todavía un documental modélico por la indagación crítica en una problemática realidad—, que con La primera carga al machete se sumó a la conmemoración de los cien años de lucha iniciados en 1868. «Siempre quise tratar un hecho histórico como visto por alguien de la época, desde dentro, para dar ese hecho de manera tan viva como las actualidades modernas», expresó al diario parisino Combat. La repercusión fue extraordinaria tras su exhibición el 30 de agosto de 1969 en el Festival Internacional de Cine de Venecia, donde fue unánimemente aclamado. El crítico italiano Mario Quargnolo confesó haber estado inmerso en una «sensación de inmediatez y participación directa en los sucesos reconstruidos». En ese trigésimo aniversario, el certamen veneciano no entregó premios y todos los filmes seleccionados recibieron una Medalla de Oro por su alta calidad. Ustedes tienen la palabraconfirmó la tentativa por reconstruir con medios y métodos del documental la realidad cubana con todas sus contradicciones.

El veterano crítico e investigador Jorge Calderón en Los días de Manuel Octavio Gómez se aproxima no solo a cada título en el legado del cineasta, sino a aquellos proyectos que nunca logró concretar, como El camino de Santiago, versión de un texto de Carpentier, con la complicidad del escritor Antonio Benítez Rojo. Desalentado por fracasar en este empeño, a Manuel Octavio se le sumaron las frustraciones experimentadas en dos filmes sucesivos pese a proseguir su raigal búsqueda de la cubanía: La tierra y el cielo (1976), sobre el cuento homónimo de Benítez Rojo, con quien coescribió también el guion de Una mujer, un hombre, una ciudad... (1978).

Le siguió en 1982 una suerte de transición o paréntesis musical con Patakín (¡quiere decir fábula!), polémica incursión en el género musical que amerita ser reivindicada después de tantos descalabros posteriores. Recurrió entonces a otro narrador, el camagüeyano Enrique Cirules al interesarle el argumento de su relato La otra guerra, que desarrolló en forma de guion con el mismo título. Antes de someter el proyecto a la dirección del ICAIC para su aprobación, una firma francesa formó parte de la coproducción para rodar en 1983 su adaptación fílmica de la afamada novela El señor presidente (1983), del guatemalteco de Miguel Ángel Asturias, que no superó las expectativas ante la notoriedad del original literario.

El financiamiento de una compañía española posibilitó materializar en 1987 otro de sus proyectos, la versión de Gallego, la novela testimonial de Miguel Barnet, de gran significación emotiva para el cineasta, hijo de uno de los tantos inmigrantes gallegos que desembarcó en La Habana. Devino la película póstuma en la trayectoria del realizador, quien no pudo ver siquiera la edición final de Nelson Rodríguez, su amigo desde que asistían a cine-debates en el Cine Club Visión.

Con poco más de cincuenta años, Manuel Octavio Gómez, que jamás realizó concesiones de principios, fue el primero de los integrantes en aquellos tiempos fundacionales del ICAIC en desaparecer físicamente, el sábado 2 de enero de 1988. Julio García Espinosa lo definió así en su sepelio: «Enemigo de modas y de capillas estrechas, con su carácter difícil, difícil y frágil, defecto y virtud mezclados, como suele ocurrir, fue en ese sentido, en el sentido más generoso y noble, un hombre de este pueblo. […]Ha muerto uno de los clásicos del cine cubano, un pionero, un fundador, un artista que, con su obra, enriqueció para siempre nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento».

Jorge Calderón González, que ha perseverado años tras años en tornar realidad este sueño de ofrecer  un homenaje a su amigo a través de Los días de Manuel Octavio Gómez, contribuye a su definitivo redescubrimiento a casi tres décadas de su pérdida. A nombre de la Cinemateca de Cuba —que alentó esta publicación— llegue el testimonio de gratitud de quienes amamos a los soñadores del cine cubano de todos los tiempos a la agudeza de Víctor Casaus al frente del equipo de Ediciones La memoria en el veinteañero Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, siempre prestos a colaborar en una iniciativa de esta naturaleza, como antes propició los no menos reveladores libros: El Noticiero ICAIC y sus voces (2012) de Mayra Álvarez Díaz, Desde los sueños. Una experiencia audiovisual comunitaria y participativa (2013), de Daniel Diez Castrillo y Oscar Valdés: el sentido del cine(2014), de Ana Busquets Fariñas.

Antes de sumergirnos en la lectura de esta crónica sobre los azarosos días y noches de Manuel Octavio Gómez recordemos que hacia 1970 manifestó su ferviente tentativa de buscar un cine directo, más libre y espontáneo para «reflejar la realidad de nuestro país, bien a través de nuestro presente o de nuestro pasado actualizado, en lo que nos pueda aportar algo para nuestro momento».