PABLO Y TETÉ, MUCHACHOS

Pablo de la Torriente Brau y Teresa Casuso se amaban con la transparencia de quienes comparten ideales y deseos...

 

Pablo de la Torriente Brau y su esposa Teté Casuso, durante su segundo exilio (1935-1936), frente a la casa que habitó Edgar Allan Poe en el Bronx neoyorquino (Cubadebate).

 

Pablo de la Torriente Brau (San Juan, 12 de diciembre de 1901-Madrid, 19 de diciembre de 1936): Líder revolucionario e intelectual, conocido como el mayor cronista de su época. A través de sus crónicas, reportajes y entrevistas renovó el lenguaje de este medio de comunicación. Participó de los esfuerzos para exigir la libertad de Julio Antonio Mella cuando la famosa huelga de hambre de este; fue herido en los sucesos del 30 de septiembre de 1930; cultivó estrecha amistad con Rubén Martínez Villena; denunció desde las páginas del periódico Ahora la explotación sufrida por los campesinos del Realengo 18 y, desde el exilio en México, el asesinato de Antonio Guiteras y Carlos Aponte. En la defensa de la República Española realizó una tarea multifacética como periodista, comisario político y combatiente.

Seis años antes de morir, Pablo Félix Alejandro Salvador le dedicó cuentos a Teresa Casuso Morín. En las primeras páginas del libro Batey podía leerse, en letras hinchadas de orgullo: “¡Para Teté Casuso, muchacha!”. Fue una inspiración valiente frente a los padres y las hermanas Torriente Brau, pero Nene nunca dudó en hacerle reverencia a su musa pasional.

Se habían conocido en Sabanazo, en la región oriental de Cuba. Pablo la describió entonces como una niña “fea y malcriada”. Él tenía 10 años más que ella, pero la vida volvería a unirlos y el 19 de julio de 1930 se casaron en la parroquia de Punta Brava, en La Habana, a donde se había mudado la familia de la novia. El padrino fue José María Chacón y Calvo, quien siempre estuvo encantado por la ferviente dedicatoria de aquella compilación de cuentos.

En el prólogo de ese mismo libro, el propio Pablo decía que sus narraciones eran sus periódicos, la tribuna desde donde podía exponer en forma bien moderada, muchas de las cosas coléricas que a veces lo exaltaban. Y para que no quedaran dudas de su amor por Teté, le imprimió también un tono romántico a aquella presentación: “Todos los riesgos son pocos para que los corra un hombre por la alegría de una muchacha (…). Y para que esa muchacha esté contenta y alegre de mí es que yo he hecho la mitad de Batey. Para que con su puerilidad de niña le presente el libro a sus compañeras y les diga: ¡Mira, esto lo hizo Torriente!… Y sólo por decirlo ya crea ella que todo está maravilloso”.

Sin embargo, la literatura testimonial del escritor pronto estaría volcada en las escenas del presidio y en los años de distanciamiento de suelo cubano: fue confinado en el Castillo del Príncipe, estuvo preso en la cárcel de Nueva Gerona y fue exiliado en dos ocasiones. Pero durante esos días sin libertad nunca faltaron las cartas y los versos de Teté, acicates de la distancia y la injusticia:

 

…Se han dorado mis ojos con la eterna fascinación del fuego
que me besó en la cara
y estoy vibrante, loca, como la llama…

 

Pablo le hizo tantos elogios a aquellos escritos, que Teté le envió muchos más. Años después, esos poemas quedarían en el libro Versos míos de la libreta tuya, prologado también por Pablo: “Por lo tanto procede señalar a la posteridad el hecho importantísimo de que Teté Casuso es mi mujer, en lenguaje pequeño-burgués; mi compañera, en dialecto marxista. Pero la gente siempre le ha dicho Teté Casuso... ¡Y suena bien! (…) En realidad Teté Casuso es una muchacha loca que hace lo que le da la gana siempre. Cuando era chiquita y ahora cuando es una muchacha que hasta poetisa resultó. (…) Y, por último, me dirá que se puede pensar en la revolución y amar las cosas bellas del mundo: ¡los árboles, las montañas, el mar, la noche, las flores, el sol y las estrellas!... Y que lo demás es sarampión marxista”.

Pablo era un soñador y llevaba en sí la semilla de héroe. Así germinó en su persistencia por aprender a leer con aquel libro de La Edad de Oro (edición de 1905) que le había regalado el abuelo; en las lecturas de El Quijote que hacía para sus hermanas; en los regalos que les compraba por el Día de los Reyes Magos, en el infinito cariño a su perro León, en su amor por los barcos y en sus deseos de defender la independencia de su natal Puerto Rico.

Pero su lucha encontraría trinchera un poco más lejos: “Yo me voy a España ahora, a la revolución española, en donde palpitan hoy las angustias del mundo entero de los oprimidos. (…) A España tal vez vaya en busca de todas las enseñanzas que me faltan (…) porque mis ojos se han hecho para ver las cosas extraordinarias. Y mi maquinita para contarlas”.

Esa sería la separación definitiva de Pablo y Teté: la muerte. Se fue como periodista, y se descubrió como un soldado más de la Guerra Civil Española: “Me acosté a cielo abierto, porque no había más espacio en las pocas chabolas que aún se habían hecho. Había una clara luna remota, de menguante. Y las estrellas, mis viejas amigas del cielo del Presidio. Tanto tiempo sin verlas. De pronto me entró una duda. ¿Era Casiopea la constelación que brillaba sobre mi cabeza? El cuerpo me temblaba por el frío, como si fuera un flan. ¿Tendré yo miedo —pensé— que no me acuerdo bien de lo que sé? Me acordé de Cuba, de Teté Casuso, de mis perros y de mis árboles, en Punta Brava. Yo me dije: a lo mejor, en la guerra, cuando uno tiene un recuerdo es que se tiene miedo. Pero no estaba convencido”.

Seguramente Teté estuvo entre las luces de sus últimos respiros, cuando aquel 12 de diciembre Pablo dejó de existir: se amaban con la transparencia de quienes comparten ideales y deseos.

Dicen que ella nunca más escribió versos, aunque actuó en varias películas y volvió a casarse en el extranjero. Y después de 1959 regresó a Cuba y se fue de Cuba. No encontró la cristalización de todas sus ideas en el proceso revolucionario que vivía la isla. Quizás le faltaba Pablo, los hijos que nunca tuvieron, la promesa de hacer Patria juntos… Quizás estaba destinada, como él, a descansar lejos de la tierra donde habían sido tan felices. Ya ella se lo había dicho, en aquel poema que le envió al presidio, donde iba implícita su decisión de que siempre serían muchachos:

 

Cuando me muera haré mi viaje rojo con las llamas
que darán a mi cuerpo su bronce de infinito.
Poco a poco me iré borrando hacia el vacío
envuelta en la absorbente fascinación dorada.
Será una llama de oro, el pelo
y en un grito de fuego pasará el corazón.
En él va tu recuerdo, rojo como una flor de llama.
Más tarde mi sonrisa como una lucecita azul
se irá...